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Villa Constitución
Personaje de la Semana: Rocío Rivero Leguizamón
Imagen de Las Mimi Bikinis y parte del crecimiento de la marca de Fani Miguez, llevó una pasión nacida en la infancia hasta la pantalla nacional.

Antes de que las cámaras de televisión encendieran otra luz sobre su presente, Rocío Rivero Leguizamón ya llevaba mucho tiempo ensayando una manera propia de habitar el mundo: con energía, con disciplina y con esa mezcla de timidez y determinación que suele aparecer en quienes aprendieron desde chicas a mostrarse sin dejar de ser ellas mismas. Nació y creció en Villa Constitución, una ciudad que todavía le devuelve saludos en la calle, mensajes en redes y una cercanía que, para ella, no pasa desapercibida. Aquí hizo la primaria en la escuela Prefectura Naval y cursó la secundaria en la Normal (Nicasio Oroño), dos etapas que forman parte de una memoria sencilla, cotidiana, marcada por la familia, las amigas y los primeros gustos personales.
De niña le gustaba arreglarse, maquillarse y caminar como si cada pasillo pudiera ser una pasarela. Su madre advirtió ese gesto tempranero y la anotó, junto a sus hermanas, en una escuela de modelaje. “Fue como una pasión que se despertó en mi”, recuerda. Aquello que empezó como un juego infantil se fue transformando con los años en una forma de trabajo, pero también en una identidad, aunque Rocío no se define desde una sola tarea. “Soy modelo, mamá, hago un poco de todo”, dice, como quien enumera apenas una parte de una vida que no se queda quieta.
Hoy acompaña a Fani Miguez en Las Mimi Bikinis, el emprendimiento que tuvo una vidriera especial en La Jaula de la Moda, el programa de Ciudad Magazine. En ese universo de diseños, producción, imagen y confianza, ella ocupa un lugar central. “Soy la mano derecha, la cara de la marca”, cuenta, con una felicidad que no disimula. La exposición televisiva fue un paso importante, pero no la sorprendió del todo. “Cuando uno hace lo que le gusta, las oportunidades llegan”, afirma. En esa frase aparece una convicción sin estridencias: el crecimiento no como golpe de suerte, sino como consecuencia de estar disponible, preparada y comprometida.
La rutina de Rocío empieza temprano, cuando todavía la casa guarda algo de silencio. Se levanta a las seis de la mañana, prepara loncheras, organiza el día y reparte su tiempo entre el trabajo, los entrenamientos, la maternidad y los vínculos que la sostienen. Está casada hace cuatro años y junto a su marido forma una familia con Emi, su hija del corazón, de siete años, y Mateo, de dos. “Ser mamá es una de las cosas que más me gusta en el mundo”, asegura. Esa frase, lejos de cerrar una definición, abre otra: también está enfocada en crecer laboralmente, en buscar espacios para lo que la apasiona y en demostrar que el deseo propio no se abandona cuando aparecen nuevas responsabilidades.
El movimiento es una marca de carácter. Hace gimnasio, sale a correr, camina y entrena con una intensidad que ella misma define con humor. Durante cuatro años practicó Muay Thai junto a su marido, quien tenía una escuela, y llegó a cinturón violeta. “No parece, pero sí”, dice entre risas. La actividad física no aparece como una obligación estética, sino como una necesidad interna, una forma de ordenar la energía y mantenerse cerca de aquello que la hace sentirse viva. “Soy medio inquieta”, admite, y en esa inquietud también se entiende su modo de avanzar: siempre hay algo para hacer, una meta para perseguir, un lugar al que llegar.
En su historia familiar ocupa un lugar especial su hermana gemela, una presencia tan parecida que durante años provocó confusiones cariñosas en las calles de Villa Constitución. Mucha gente conocía a su hermana por su trabajo en un comercio local, y esa similitud hizo que Rocío recibiera saludos cargados de afecto de personas que, a veces, creían estar frente a la otra. Hoy su gemela vive en Buenos Aires, trabaja en producción y también fue mamá. “La amo y la extraño mucho”, dice. Cada viaje a la ciudad grande por compromisos de la marca se vuelve entonces una oportunidad para verla, compartir un rato y achicar la distancia.
El vínculo con la gente de su ciudad es otro hilo que la acompaña. En redes recibe mensajes, apoyo y una atención que la emociona porque nace de un lugar conocido, de caras que alguna vez cruzó en una vereda, una escuela o un comercio. “Me emociona mucho poder hacer lo que me gusta y el apoyo que da la gente de Villa, que siempre se siente cercano”, agradece. Sus metas actuales no se nombran como una lista rígida, sino como una dirección: seguir creciendo con el modelaje, acompañar el desarrollo de Las Mimi, sostener su familia y reservar un espacio para esas cosas que le recuerdan quién es más allá de las obligaciones.
Quizá por eso su presente tiene algo de carrera silenciosa y de regreso permanente. Rocío avanza, pero no parece olvidar de dónde salió: las aulas de la infancia, la mirada atenta de su madre, la hermana que ahora vive lejos, las mañanas apuradas con loncheras, los entrenamientos, los hijos creciendo y una ciudad que todavía la nombra con confianza. En el brillo de una pasarela o en la pantalla de un programa nacional, también queda la huella de los días comunes, de ese esfuerzo que no siempre se ve y que, con el tiempo, empieza a contar una historia propia: la de una mujer que aprendió a caminar hacia adelante sin soltar del todo lo que la formó.