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Villa Constitución
Una vida de esfuerzo, arraigo y valores compartidos
A sus 50 años, comparte sus recuerdos de infancia entre barrio San Martín y su querida escuela León Gauna. Una historia marcada por la cultura del trabajo desde la adolescencia, el espíritu del rugby y la importancia de mantener la simpleza frente a las adversidades.

“Nací acá, me crie en barrio San Martín y esa es mi infancia, en un conglomerado donde se compartía mucho entre los barrios Malugani, Los Tilos, lo que ahora es barrio Unión y Bajo Cilsa”, relata Gustavo Tamburelli, un vecino que sintetiza su identidad definiéndose como “un villense más”. Casado con Karina y padre de tres hijos —Luciano, Agustín y Antonella—, hoy experimenta una nueva etapa vital con su nieta Emilia. “Los abuelos jóvenes lo que tenemos es que a veces nos tienen que frenar porque nos ponemos a jugar a la par, volvemos a nuestra infancia donde capaz que tuvimos que dejar de jugar y ahora tenemos la responsabilidad de disfrutarlo”, reflexiona con alegría.
Su etapa escolar dejó una huella profunda y cimentó su vocación colaborativa. Cursó la primaria en la escuela León Gauna, institución con la que su familia mantuvo un vínculo histórico a través de la cooperadora y el centro de madres. “Me acuerdo de la escuela cuando tenía mucha parte de rancho y después todo lo que ha costado y lo que ha llevado. Siempre recuerdo que en los comienzos de los ciclos escolares íbamos con mi papá a arreglar los pupitres, los bancos, y dejábamos para el final pintar el mástil, que tenía que estar impecable”, rememora. Posteriormente, completó la secundaria en el Instituto San Pablo, donde consolidó los principios que guían su presente: “Me enseñaron muchas cosas, sobre todo lo cotidiano, pero principalmente los valores integrados a la comunidad cristiana, que no se olvidan más”.
Su contacto con el trabajo comenzó de muy chico, de manera informal, ayudando en las tareas diarias de su entorno. “En realidad trabajé de chico, siempre hice cosas desde los 12 años de ir a limpiar, a barrer en un taller de un conocido cercano a mi barrio”, explica Gustavo, quien en esa época también participaba activamente en peñas destinadas a recaudar fondos para el automovilismo zonal. “Antes, como ahora, nunca sobraban los fondos, pero sí lo que sobraba era comunidad, gente empujando para el mismo lado, y yo creo que me contagié de eso”, destaca. Años más tarde, la situación económica familiar definió su futuro educativo al terminar el secundario: “No teníamos en mi casa el presupuesto como para ir a una universidad; tenía que salir a trabajar”, explica. Siendo de la segunda promoción de técnicos electrónicos, envió su currículum a diferentes empresas industriales, un ámbito del cual todavía espera respuestas según bromea sobre el destino. Ante la falta de llamados en su profesión, decidió probar suerte en el área comercial y asistió junto a un amigo a una convocatoria para la firma Casa Tía en la vecina localidad de San Nicolás. Tras quedar seleccionado entre casi 1200 personas, inició una extensa trayectoria en el supermercadismo que hoy en día continúa activa en esa misma ciudad dentro del Grupo Carrefour.
Su recorrido laboral incluyó la apertura de un comercio propio que debió cerrar debido al impacto de la pandemia. “Tuve un negocio particular acá, pero me agarró la pandemia y no me fue del todo bien. Me siento mal a veces cuando a la gente no le va bien, soy muy empático y me gusta que les vaya bien a todos. Creo que vivir simple, alegrarse por el resto y ayudar genera una diferencia grande”, reflexiona. En la actualidad, reparte sus días en la zona limítrofe de barrio Arroyo del Medio, un punto intermedio que concilió su deseo de permanecer en la localidad con el origen nicoleño de su esposa.
El deporte también ocupa un lugar central en su formación personal, especialmente por haber formado parte del lanzamiento de Villa Rugby Club junto a los recordados “Albatros”. “El rugby abrió y marcó mi vida por los valores y lo compartido. Hoy tengo la posibilidad de conducir personal y trabajar en equipos, y utilizo los valores del rugby, de la escuela y de la fe en un único Dios que te guía a ser empático, abierto y simple”, afirma. A modo de balance, Gustavo finaliza con un mensaje dirigido a las nuevas generaciones: “No hay que buscar excusas en nadie, hay que forjar su destino. La mejor forma siempre es ser simple, honesto, equivocarse, pedir disculpas y agradecer. Las cosas vienen solas y no hay que bajar los brazos”.